El eslabón que une todas estas pérdidas se llama desesperanza. siguió durante años a casi dos mil pacientes ambulatorios y quienes puntuaban alto en su escala tenían . No predecía la tristeza ni la intensidad del sufrimiento, sino la opinión del paciente sobre su tiempo futuro. La desesperanza es una creencia sobre el porvenir, que sin vínculo ni propósito se queda vacío y a oscuras.
Hay una película tan vista que casi no la vemos: . Se despacha cada diciembre como cuento navideño, pero a George Bailey no lo salva ninguna gran misión. Lo salva comprobar, casa por casa, que mucha gente contaba con él para cosas menores: un préstamo, una farmacia, un tejado que no se cae. No se trataba de un gran propósito, sino de muchos, pequeños, y había dejado de verlos.
Hay todavía un tercer piso, al que uno solo sube cuando ya no queda nada que hacer, y la literatura lo ha descrito maravillosamente. En , Tolstói deja al moribundo entre una familia que finge todo el rato y unos médicos que discuten absurdamente sobre un riñón flotante; el único que lo alivia es Guerásim, el criado que le sostiene las piernas y no le miente. Allí ya no cabe ningún propósito: no hay nada que Iván tenga que hacer mañana. Pero queda Guerásim, que no le ofrece consuelo ni explicación, solo unas piernas sostenidas y la verdad. Esa presencia, que no arregla nada, permite que morir signifique algo distinto de un absurdo (lección para los profesionales sanitarios).
Con aquella chica no hicimos nada brillante. Tratamos lo que había que tratar, trabajamos con la familia y la convencimos, sin épica, de volver al agua dos días por semana. Sigue sin querer hablar de lo que pasó. Pero ahora tiene que estar en un sitio a una hora, y hay gente que nota si falta.
Al final de , George Eliot escribe que el bien del mundo depende en parte de actos que no entran en la historia, obra de quienes vivieron “una vida oculta” y descansan en tumbas que nadie visita. Lo leí como literatura, pero lo entiendo mejor ahora: casi todo lo que mantiene a una persona en pie es casi invisible, está escrito en minúsculas y a nadie se le ocurre contarlo, hasta que falta.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
