Un estudio pionero muestra las secuelas respiratorias del volcán de La Palma, cinco años después: “Estornudábamos negro” | Vive Saludable

Un estudio pionero muestra las secuelas respiratorias del volcán de La Palma, cinco años después: “Estornudábamos negro”

Un estudio pionero muestra las secuelas respiratorias del volcán de La Palma, cinco años después: “Estornudábamos negro”

Unas semanas después de , el enfermero e investigador tinerfeño David Díaz llegó a una reunión de la junta directiva de SEPAR (Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica) con un bote de cristal en el bolsillo. Dentro, un puñado de ceniza gris que su suegra, vecina de Los Llanos de Aridane, le había guardado semanas antes. Cuando le tocó hablar, lo sacó y lo puso sobre la mesa: “Esto es lo que está respirando la población de La Palma ahora mismo”. Esa misma tarde, la sociedad científica decidió que había que investigarlo. El estudio se aprobó en febrero de 2022; cinco años después, coincidiendo con el aniversario de la erupción, SEPAR ha presentado en el Hospital Universitario de La Palma los resultados de ese estudio, llamado proyecto ASHES, con una metodología pionera internacionalmente y que deja muy claro que la salud respiratoria de la población más expuesta se resintió.

El 19 de septiembre de 2021, el volcán de Tajogaite empezó a expulsar gases y ceniza, y. de una población total en la isla de unas 84.000. Durante esos días, y también muchos meses después, la población estuvo expuesta a cenizas, gases y humos procedentes del volcán que los investigadores temían que terminara afectando a medio y largo plazo a la población de la isla.

El estudio muestra que la población más expuesta presentó hasta tres veces más probabilidad de tos y el doble de alteraciones compatibles con un patrón obstructivo pulmonar que la menos expuesta. En un análisis adicional con 474 participantes, el equipo detectó un incremento relevante de síntomas durante la propia erupción que persistió después, con un patrón que respondía a la lógica de que a mayor exposición, mayor sintomatología.

En población infantil, los resultados muestran que entre el 25 y el 50% de los participantes dijo . Después, los síntomas oculares remitieron, pero persistieron la tos, el dolor de cabeza, la congestión nasal, el dolor de garganta y los problemas de piel, con mayor frecuencia y persistencia entre los niños con antecedentes de asma o expuestos al humo de tabaco ambiental. “Los niños no son adultos pequeños y hay un vacío científico sobre cómo les afectan los volcanes”, explica Valle Velasco, neumóloga pediátrica del Hospital Universitario Canarias-Tenerife. “Nos sorprendió mucho esa alteración pulmonar”, explica.

Para David Díaz, que realizó el trabajo de campo en la zona en la que vive su familia política, esto es la forma “de ayudar a la población”. La última casa que se tragó la colada fue en la que él había vivido unos años antes.

La idea de los investigadores es que este no sea “el punto final”, ha dicho Ciro Casanova, neumólogo en el Hospital Universitario La Candelaria. El equipo continúa analizando muestras biológicas para identificar mediadores inflamatorios asociados a la exposición volcánica, y seguirán a los participantes en próximas visitas, con la vista puesta en si las alteraciones detectadas remiten con los años o marcan el inicio de una enfermedad respiratoria crónica. EL PAÍS visitó el lunes La Palma para hablar con algunos de los participantes en este estudio: una enfermera, un agricultor y una voluntaria que pasó cuatro meses en la zona de exclusión.

Angeli Mora Guzmán, de 42 años, llegó a La Palma hace una década huyendo de la crisis venezolana. Después llegó la covid y homologó su título de enfermera el mismo día que empezó la erupción. Cuando le llegó el correo electrónico confirmándole la homologación pensó: “En serio, ¿un volcán?”. Sin embargo, al día siguiente ya trabajaba en el Fuerte de Santa Catalina, . De ahí pasó a Urgencias de Los Llanos y luego se incorporó a SEPAR, donde se especializó en función pulmonar.

Lo que más le llamó la atención en consulta fue la frontera difusa entre dos síntomas parecidos: “La falta de aire comparte la sintomatología con una crisis de ansiedad. Me pregunto: ¿hasta dónde era realmente ansiedad y hasta dónde era una afección respiratoria? La persona que tiene esa sensación de disnea, de falta de aire, puede tener un problema respiratorio y, de hecho, algunos se descubrieron así, en personas que decían estar siempre ansiosas y cansadas".

Tanto ella como el resto de expertos cree que pudo haber cierta relajación con las mascarillas, efecto del cansancio de la covid y de que, aun llevando las FFP2, “te la quitabas, estornudabas y salía negro”. Tiene familiares que trabajaron limpiando ceniza: “Cuando se quitaban la mascarilla, estaba tan negra por dentro como por fuera”.

Algo tuvo de bueno el volcán, en todo caso: decenas de personas con problemas respiratorios y pruebas pendientes desde antes de la covid pudieron hacérselas gracias al estudio ASHES.

Uno de los problemas más serios del volcán fue el que afectó a los . Diego González Lorenzo, palmero de 34 años, acababa de volver a la isla para empezar un negocio con su padre . La ceniza llegó hasta sus invernaderos, y él y su padre siguieron trabajando prácticamente como siempre: “En un principio nosotros trabajamos normal, pero a medida que pasaban los días la ceniza fue a mucho más y salíamos llenos, de arriba abajo”, recuerda. Ni las gafas servían de mucho: “Aunque tú te pusieras gafas y mascarilla, al terminar, en algún momento, estabas en contacto con la ceniza”.

“Fue una época mala, la verdad”, admite. La ayuda que recibieron del Gobierno, cuenta, se llamaba compensación de renta, y ahora se la están reclamando de vuelta, aunque perdió “muchísimo más” de la ayuda que recibió. Aun así, prefiere no quejarse demasiado: “Yo no perdí mi hogar”.

Físicamente, dice, no ha notado secuelas: es deportista, corre casi a diario y no ha notado nada. Lo que sí ha visto es el desgaste emocional a su alrededor: “Hay mucha gente que se ha ido de la isla por depresión, porque lo ha perdido todo. Aquí hay viejitos que han construido su casa, para toda la vida, y perdieron su estabilidad”. Cinco años después, el volcán sigue ahí: “Yo tendré esto presente toda la vida”.

Enfermera del Servicio Canario de Salud y voluntaria de Cruz Roja desde antes de la erupción, Paula González de la Cruz, palmera de 29 años, trabajó primero en el punto de recepción de evacuados y, después, cuatro meses dentro de la zona de exclusión, sobre todo y ayudando en los desalojos. Recuerda el miedo de las semanas previas a la erupción, “mucha incertidumbre de si saldría o no, cuándo y por dónde” y, después, la crueldad de ver avanzar la lava, lentamente: “Había gente que casi quería que la lava se llevara ya sus casas. Era peor vivir con la incertidumbre”.

De aquellos meses, dice, lo que más le impactó, para bien, fue la ola de solidaridad: “Venía gente de todas partes de España de manera voluntaria a ayudar, a arrimar el hombro”. Cinco años después, “se quedó como una espinita clavada”, reconoce. “Y sigue todavía ahí, caliente”.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.