Llegan las esperadas vacaciones. Llega también ese viaje con amigos que se lleva preparando meses y para el que se ha estado ahorrando. Pero nada sale como estaba pensado. Esa semana de desconexión acaba convirtiéndose en un infierno: discusiones, reproches y relaciones que, de repente, penden de un hilo. Siempre se , pero no siempre esa es la razón principal. El dinero también puede ser una fuente de problemas: se cuestiona lo que se gasta, lo que se deja de hacer, lo que se tiene que pagar por culpa de otro e incluso hay veces en las que las personas pueden sentir que se les deja de lado por no tener el mismo nivel adquisitivo.
Las redes sociales son parte del problema. Es donde vemos vidas idílicas y viajes de ensueño que, en ocasiones, distan bastante de la realidad. Entonces empiezan a surgir las comparaciones. “Si se comparten continuamente viajes, restaurantes o experiencias que uno no puede asumir, es fácil interpretar que uno se está quedando atrás. Las redes sociales amplifican este fenómeno porque muestran una versión muy seleccionada del ocio, haciendo parecer que determinados estilos de vida son la norma cuando no necesariamente lo son”, explica Izquierdo. Por su parte, Pereira afirma que “tendemos a evaluar nuestra situación en relación con los demás”: “Cuando observamos que otros pueden hacer todo tipo de planes, ir a festivales, conciertos o grandes viajes, es fácil sentir frustración, culpa o sensación de estar quedándose atrás. Este gran escaparate no siempre refleja la realidad. Lo que vemos solo es una parte de la vida de los demás y no necesariamente refleja su situación económica”.
Otro de los problemas es que se ha normalizado asociar la amistad con el consumo. “Puede hacer que olvidemos que la función principal de la amistad es compartir tiempo y apoyo mutuo, no un determinado nivel de gasto o plan concreto”, apunta Izquierdo. Marina aprendió de aquella experiencia: “Siempre he sido de la opinión de que un viaje se puede organizar teniendo en cuenta las preferencias de todos y que no hace falta hacer sentir mal a las personas o dejarlas de lado por eso. Es un momento de desconexión y. Es una cuestión de adaptación y de escucharse todos”.
En este tipo de situaciones, tal y como explica Izquierdo, “se acaba pagando un coste económico y también emocional para evitar una exclusión que muchas veces ni siquiera los demás están provocando de forma consciente”. “Todas sufrimos un poco en aquellos primeros días del viaje. Desde entonces, organizamos los planes priorizando cada opinión y sin dejar que nadie acabe perjudicado. Y si nos apetece hacer algo mucho y una de nosotras no puede pagarlo, lo pagamos entre todas. Lo hacemos en contadas ocasiones para que no parezca un préstamo que se tiene que devolver”, aclara Marina.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
