En un cul-de-sac del se intuye una tarde de jarana. Lo delata tanto una ristra de bombillas de feria como las cintas azules que cuelgan de varias fachadas y que van a morir a la cintura de un chico vestido con un llamativo traje de la misma tela y unos tacones afilados. Él y su amable sonrisa invitan a traspasar la puerta del Wittmore, un que nació como un oasis de paz en el corazón de la ciudad y también como un escaparate para artistas emergentes. Es una tarde de primavera y se está celebrando la inauguración de MNEMÓSINE, una instalación site-specific de la artista (Barcelona, 34 años) que ocupa un patio central dominado por un impresionante jardín vertical. Antes de llegar hasta allí, se invita a los asistentes a participar de una performance sensorial que implica los cinco sentidos. No es una inauguración al uso, es un espectáculo en sí misma.
La primera edición de Projecte 360º se estrenó el año pasado con una instalación de Rosa Tharrats, a quien ha tomado el relevo Ivanow. “Elijo artistas multidisciplinares que entiendan el espacio como una puesta en escena y les invito a que su trabajo dialogue con los valores del hotel”, asegura Pirinchieva. Los antiguos lavaderos en los que hoy se levanta el Wittmore fueron el hilo del que estiró Ivanow, que ha activado la memoria histórica del espacio con una escultura de vidrio que se funde con la vegetación del jardín vertical. “En el gesto artesano, la mano transforma lo invisible en belleza y en cada acto silencioso el tiempo mismo se disuelve en la repetición”, afirma la artista catalana, que ha trabajado con artesanos para realizar esta intrincada instalación.
La obra de Ivanow no es la única que puede verse en el Wittmore. “Desde su apertura, es un hotel enfocado al arte emergente. Cada año hacemos un concurso en colaboración con una galería de arte: además de un premio en metálico, los tres ganadores exponen en los espacios públicos del hotel como si fuera una extensión de la propia galería”, explica Figueras. Ahora mismo, es el turno del pintor mallorquín Román Fabré, cuyos cuadros cuelgan en Contraban, el coqueto espacio gastronómico del alojamiento. La mímesis con el arte es tal que la carta de verano incluye dos platos y un cóctel inspirados en la instalación de Ivanow, que puede visitarse libremente hasta mediados de septiembre.
La misma reflexión la comparte la bielorrusa Alena Melnik (39 años), directora comercial de , otro hotel boutique situado en el Barri Vell de Girona y que ocupa un palacio barroco del siglo XVIII. “La idea surgió de Marta Granés, la propietaria. Quería que Palau Fugit fuera más que un hotel, que también fuera una plataforma cultural y artística conectada con el barrio y con la ciudad”, desarrolla Melnik.
Entre otros creadores, ya han programado a la ceramista Núria Gimbernat y a las artistas textiles Clara Sullà y Mariadela Araujo, esta última en colaboración con la galería de diseño barcelonesa Il·lacions. “En septiembre, contaremos con la pintura abstracta de Marta Rutllant. Palau Fugit siempre está en transformación porque funciona como una galería de arte”, sentencia Melnik, que también destaca la fuente de cerámica que el reconocido artista conceptual Frederic Amat diseñó para uno de los patios.
Esta idea de galería de arte más allá de la galería de arte convencional no solo ha conquistado a los hoteles de autor. Otros modelos de negocio están incorporando el arte como un valor añadido y ya abundan los ejemplos en la ciudad condal. La nueva pop-up de gafas de Etnia Barcelona, que estará abierta hasta diciembre en un local acristalado de Passeig de Gràcia, es uno de ellos. Su mise en scène gira alrededor de las fotografías veraniegas de Yosigo, las pinturas de Adriana Eskenazi y una instalación surrealista de Ana Domínguez.
Hasta una gran institución como (un museo fuera del museo) que, hasta finales de año, permitirá ver obra de sus fondos en lugares tan insospechados como una peluquería, una comisaría de policía, la sala de espera de un dentista, un tanatorio, un mercado, una farmacia... y así hasta una treintena de espacios cotidianos repartidos por la geografía catalana.
“El marco no tradicional está imponiéndose al marco tradicional y el arte está ayudando a crear nuevos relatos en estos espacios”, afirma Pirinchieva, convencida de que esta fórmula es beneficiosa para todos los agentes implicados: “Al final, todo se resume en contar historias y que haya una base de trabajo con sentido y profundidad”.
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